domingo, 26 de febrero de 2017

Latas....



Vincent van Gogh.....





En la segunda mitad del siglo XIX, un genio atormentado pintó el final de impresionismo y con él, una obra llena de misticismo y ciencia. Vincent van Gogh no sólo era un gran pintor, también le apasionaba la ciencia que estudia los cuerpos celestes, misma que conoció leyendo la “Astronomía Popular” (1881) de Camille Flammarion, editada el mismo año que se descubrió Urano, cuando el mundo reafirmó que el misterio del cielo nocturno seguía vigente. Nueve años más tarde, el holandés pintó su obra más representativa:

 


“La noche estrellada” (1889) fue concebida en una fría noche desde la ventana de la habitación del sanatorio mental de Saint-Remy-de-Provence. Las estrellas de van Gogh no son casuales ni pertenecen a la imaginación, sino a su pasión por los misterios del cosmos, reflejada en sus obras, objeto de distintos estudios científicos. Los remolinos propios del estilo del holandés, al mismo tiempo que dan movimiento a la obra, se asemejan a una representación exacta del flujo turbulento en la dinámica de fluidos. También dan la impresión de destellos, tal como ocurre a causa de la atmósfera terrestre.

“Mirar a las estrellas siempre me pone a soñar. ¿Por qué, me pregunto, no deberían los puntos brillantes del cielo ser tan accesibles como los puntos negros del mapa de Francia? Así como tomamos el tren para llegar a Tarascon o Rouen, tomamos la muerte para llegar a una estrella”.

El holandés no pintó el lienzo durante la noche: aprendió de memoria la posición de las estrellas y realizó el óleo durante el día. Los remolinos (especialmente el mayor de ellos, que sirve como punto de fuga a la pintura) guardan relación con la forma de las galaxias espirales que entonces se representaban a través de bosquejos en literatura especializada. La constelación de Piscis, Venus y Aries son parte de la composición.